[] Fractario-Re

miércoles, 15 de octubre de 2008

Desert

Una mirada se oculta

tiembla

la palabra y toda ella;

el lunar en su cara

moviéndose en un ritmo pausado

del temblor,

y el labio derrite

en humedad el labial.


Comparto mi desierto sin decirlo

las agujas que se multiplican

están ahí en el cuerpo

las cactáceas

sin color; el espacio no se tiñe de rojo

las palabras intentan pintarlo.


Mi respiro corre por un aire oscuro

va de prisa en mis pulmones

dura un día, una semana

corro hacia mi invisible campo de sangre

que ya no tengo

me he convertido en una esquirla del desierto.


No me reconozco

encuentro juegos que deliran

en espejos

descifro el día, le doy un color

y por la noche tiemblo.

martes, 14 de octubre de 2008

Ecuación

I

Qué tendrán los reflejos

que te ocultan

en este ocultamiento

la noche: que todo lo contiene

y que de manera perpetua te silencia.

El murmullo nocturno me despierta.


II

La oscuridad invade, como aullido de perro

en la noche

el sonido se refleja, se mece en los espejos

y es ahí donde busco

ahí donde me pierdo.

III

El cielo se desnudaba ante nosotros

estrellaba su reflejo en tu sonrisa/dilatada.

La oscuridad fragmentada suma todas las ausencias.

Nadie habla solo

hasta el silencio resuena,

escucha

la noche resta, te reclama.

IV

En la suma desmemoriada de las letras,

las cantidades resultan siempre

inexactas

los vectores se alejan

y los polos se repelen

no dejas de mostrarte en la noche

como el resultado incuestionable

de la ausencia.

domingo, 5 de octubre de 2008

La tarde adquiere un tono oscuro

Eran largas las tardes cuando la poesía se desvanecía
y me quedaba solo con el monstruo opaco
de la ciudad.
Adam Sagajewski


Aquella noche no esperaba que sucediera. Empieza a acostumbrarse, a tomar las cosas tal y como se presentan. La había conocido entre libros, entre plantas y deseos, a través de la palabra; sin olvidar que el deseo es una tensión, que no permanece solo: una cuerda de violín muy bien afinada.

Me voy a Europa, dijo la primera y única noche en que se vieron, en su mente una imagen se proyectó, un deseo que había postergado, que estaba en el olvido. Caminaron cerca del centro antes de llegar al bar, el sitio más común de su vida, el espacio en el que olvida la rutina, siempre había alguien a quien encontrarse, alguna historia que salvaba su día o por lo menos, una nota azul que sale disparada desde la alta bocina del lugar. Clara había sido llevada al encuentro por un conocido, es curiosa la manera en que la vida muestra y prostituye las posibilidades, pensó una vez que se encontraron de frente en el bar. Bebieron un par de cervezas esa noche, después ella comentó que podría acercarlo a casa. La noche se ofrecía ligera y tranquila, se desdoblaba en el adoquín, los reflejos siempre le han gustado; no hacía frío, así que recorrió a pie las calles del centro. El andar a su propio ritmo era una de sus particularidades, jamás le ha gustado perseguir nada, prefiere inventar sus propias esquinas. Recordaba que alguien le había comentado acerca de los Corrales de Comedia, le pareció buena idea ir a conocer ese espacio, además estaba precisamente en el centro de la ciudad, un edificio con más de trescientos años de historia, como tantos lugares cercanos a su andar cotidiano, sólo que éste realmente le intrigaba, se trataba del primer teatro en Puebla. El horario sólo le permitió verlo desde afuera, y crear una puesta en escena mental, seguramente la acústica era buena, pensó esa noche, ya que desde la calle se oían claramente unas voces que provenían de lo que ahora es propiedad privada.

Clara le alcanzó en alguna esquina invitándole a subir al auto, él aprobó la idea, prefería andar a pie, pero el auto era cómodo y con espacio. Avanzaron por la ciudad, varias calles sin aparente rumbo, seguro no iban a casa. Se detuvieron. Platicaron, se presintieron, se besaron, y siguieron hablando en voz muy queda. La noche seguía cayendo a través de los cristales, la humedad se sentía en el ambiente, los primeros rayos del sol empezaron a asomarse como el grito agudo de un orgasmo, en las ventanas se desvanecía la imagen del rocío, compartieron su calor abrazados hasta que la gente empezó a salir a la calle

Ahora, sentado frente a su computadora, escucha como pasa la noche, como los autos que suenan por las calles se llevan una parte del tiempo, un trozo del día, y se pregunta qué hora es en el país en el que vive Clara. Amanece, la distancia se vuelve finita, hay sonidos comunes que unen, incluso los inarticulados, una noche que los inunda a través de las palabras que decidieron guardar, sabe que las noches para Clara ahora se traducen en tardes poblanas, que tendrá que seguir inventando esquinas, que la música en el bar seguirá sonando a destiempo, que la noche llegará por lo menos siete horas más tarde, y se pregunta cuánto tiempo dura afinado un instrumento sin que éste sea tocado.

sábado, 4 de octubre de 2008

...
miserables los dispersos reiteradamente juntan
cuatro cosas y el alegre respiron de un aire viejo
se saludan
se sospechan
desde la mutante memoria del amor
o la palabra (cualquier gesto) los agrupa
y los retiene
convidados de piedra confundidos en todo
...

Largas tardes

Eran largas tardes cuando me abandonaba la poesía.
El frío fluía paciente, empujando al mar barcas ociosas.
Eran largas tardes una costa de marfil. Sombras de
en las calles, escaparates con altivos maniquíes
que me miraban a los ojos osados y hostiles.
De los institutos salían los profesores con caras vacías,
como si Homero los hubiese vencido, humillado, matado.
Los periódicos de la tarde traían noticias inquietantes,
pero nada cambiaba, nadie aceleraba el paso.
En las ventanas no había nadie, tú no estabas,
incluso las monjas parecían avergonzarse de la vida.
Eran largas las tardes cuando la poesía se desvanecía
y me quedaba solo con el mounstruo opaco de la ciudad,
como un pobre viajero delante de la Gare du Nord
con una maleta demasiado pesada, atada con un cordel
en la que cae una negra lluvia, de septiembre.
Oh, dime cómo curarse de la ironía, de la mirada
que ve pero que no penetra; dime cómo curarse del silencio.

martes, 30 de septiembre de 2008

Consumación literaria

Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

Miguel de Unamuno

El librero de madera frente al sillón, a punto de desbordarse, se llena de más libro con letras plata. Los reflejos caminan ahora como dueños por la casa.

Había regresado esa mañana del parque. Tenía tiempo y decidió pasarlo en aquella librería que le gustaba tanto. Ese espacio lleno de olores, de historias y recuerdos que por momentos invaden. Un olor dulce lo atrae, no es la portada la que lo introduce en las historias, es el movimiento y el ron quemado del ambiente. Toma el libro y lo paga, sale de ahí.

En casa el librero empieza a tambalearse, convirtiéndose en un ritmo semejante a las manecillas del reloj, el sonido es ahora la expresión mínima de la soledad en casa.

Un libro lleno de polvo en el suelo, refleja mínimos destellos plata.

Por la noche revisa las páginas lentamente, el gato restriega su cola en la pierna, sintiendo más de una presencia. No se preocupa, la historia le ha ganado, es la página 366 y aún siente ganas de seguir leyendo. Ha decidido dejar de ser un lector salteado, prefiere terminar la historia de una buena vez. De un salto, el gato llega hasta las páginas del libro, cosa que ya no le disgusta, aunque sigue teniendo cierto cariño por las hojas amarillentas. Llega hasta el último párrafo y la presencia se ha acumulado, pero él sigue con la insistencia de terminar su libro. El gato se pierde maullando.

Se levanta del sillón en el que estuvo leyendo, apaga la lámpara de luz blanca, que empezaba a molestarle. Cruza un pasillo oscuro y frío para llegar a su cuarto, una leve mirada lunar se filtra. Son cerca de las tres de la madrugada, hora de dormir, ha pensado.

Un micro-universo se movía a la par de su lectura. Algo ronda por las letras infinitas de los libros en su biblioteca.

Por la mañana, entra a su galaxia de papel, miles de micro-luces le ciegan, un diminuto escuadrón invertebrado con destellos plata ha vivido en sus libros desde hace bastantes años. Un ácido alimenta a esas criaturas. Sale. Busca a Claus, ya que no durmió junto a su cama, la historia ahora podría pensarse como una idea que implica la desaparición, es decir, es un gato, lo que resta es que salga de su vida, él está acostumbrado a eso. Tenía cierto cariño por sus libros, una de las razones era que no pueden moverse, permanecen en casa, confiaba en que estarían ahí.

Vuelve a la biblioteca, un ejército de frágiles e infinitos destellos trepan hasta él, suben hasta su cuello, el cuerpo brillante es consumido poco a poco, es brisa de mar en un atardecer que declina en una playa casi imperceptiblemente, el cuerpo ronroneando cae desprovisto, consumido por los millones de reflejos que antes habían devorado las historias, cada una de las letras.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Without sounds

La nada no ocupa mi pensamiento sino mi vida.

Juan José Saer

Un hombre camina por la calle. El viento juega en el camino, choca contra las hojas y se estrella contra sí mismo, se atraviesa y penetra en delicada sincronía; él cree escucharlo todo, incluso el sonido gris que silba, imagina una voz, es más, son muchas voces las que susurran. Salió del bar en donde siempre le atiende una mujer clara, adivina sus pensamientos porque sabe que su lenguaje es prácticamente intraducible; el timbre de la voz femenina es como un clarinete que suena en los sueños.

La cotidianidad, algunos sonidos, las verdades y las mentiras ,entre otras cosas más, lo rebasan, por eso un día se quita una parte de sí; decide dejar de oír, desprenderse y probar con otros sonidos. Un poeta sin oído, un poeta que habla, escucha y escribe en otra lengua, su estrategia es suplantar al oído por las caricias visuales, por eso, cada noche transporta en la memoria a la chica del bar hasta su rincón más íntimo. De su bolsillo desdobla un papel roído que estaba pegado a una botella de cerveza, lo mete debajo del almohadón, es un recuerdo que cuida noche tras noche, pacientemente, después de haber bebido en el lugar de los no sonidos.

Pero al final qué son los recuerdos, sino una sustancia que se evapora hacia la nada, son la nada que se aligera.


viernes, 5 de septiembre de 2008

Sin Foto II

Fin de la belleza

¿es tan fácil tomar una fotografía, si la imagen se pierde, no hay encuadre, el papel polaroid deja de existir, la maquinaria del disparador se traba, el vestido verde se torna gris, se difumina, se muestra evanescente, el color absorbe la mirada, la mirada imperceptible, impenetrable; no reconozco a mi personaje en la piel, en el papel; cuando ni siquiera hay el menor intento de enfocar?
The garbage machine again...