Hay una condición fractus. El caso del lector no es la excepción. ¿Qué está pasando con la lectura que cada vez se reduce más? Podría llamarlo el malestar del link, la búsqueda perpetua de información. Nos llenamos, sobresaturamos la mente de información y olvidamos que nuestra memoria es espacial, entonces, ¿por qué esa idea de búsqueda concreta en la pantallas de la computadora? ¿por qué no dejarnos perder por los extraños caminos del libro, por la pantanosa senda de historias, por ese peso de las tapas y el olor de sus hojas? Hay una extraña relación que por momentos parece analogía. No lo es. Cuando leemos es bien sabido que nos encontramos en una especie de soledad, nos damos un tiempo para nosotros; sin embargo, el uso de computadoras y celulares, no marca ninguna relación directa con ese espacio solitario, es una soledad cibernética, un vacío saturado de enlaces. Nada tiene que ver.
Fracturemos nuestro entorno cotidiano, demos tiempo a la soledad, al café de las 5 de la tarde frente al libro, saquemos del bolsillo el último ejemplar adquirido y olvidemos el ruido de la ciudad en cualquier parque, adentrémonos en espacios rotos y con esa pedacería armemos nuestra realidad.
John Cage fue heredero de una cultura musical en transición, alumno de Arnold Shoenberg ( quién rompiera la tradición tonal y fuera precursor del atonalismo , el dodecafonismo y el serialismo), amigo del pintor “avan-garde” Rauschenberg y de Pierre Boulez, Cage fue desde el comienzo de su carrera musical un revolucionario tanto de la estructura y forma composicional (procesos aleatorios de notación gráfica etc.) como de los elementos tímbricos de ésta (inclusión de ruido –incidental , no incidental- , uso de elementos extramusicales como productores de sonido y medios electrónicos) pero aún más importante es su aportación al cambio de la estética musical al concebir el silencio como parte fundamental y única generadora de toda creación musical.
En 1951 John Cage visitó la camara acústica de la universidad de Harvard para obtener una perspectiva del “silencio total”, al llegar ahí se dio cuenta de que en ésta cámara percibía dos sonidos , uno alto y otro bajo, el primero su sistema nervioso y el segundo los latidos de su corazón y la sangre corriendo por sus venas, esto cambió por completo su concepto del silencio, no había manera realmente de experimentar el “silencio” mientras se estuviera vivo. Nietzsche, ya lo había intuido, por ello sus objeciones a la música de Wagner fueron de orden fisiológico ¿para qué disfrazarlas bajo fórmulas estéticas?: “que no se pueda respirar cuando se escucha esta música está señalando que no es la adecuada para la vida.”14El sonido es continuo, es una manifestación del torrente vital, de modo que , según expresa Cage, "El significado esencial del silencio es la pérdida de atención”. El silencio no es pues un problema acústico. Esto constituye un radical giro, un cambio fundamental de concepción: “el silencio es solamente el abandono de la intención de oir”. Cage dedicó su música a este cambio, a la exploración de “la no-intención”.
Los sonidos ambientales , los sonidos naturales del entorno en que se interpreta la pieza de la “no-intención”, una especie de espacio para reflexionar primero, acerca de que el silencio es sólo la pérdida de atención a un evento (pues el sonido es continuo) ahora concentrándose en esa pérdida de atención (y escribiendo una pieza basada en eso) surge el sonido de nuevo (no el intencionado , o el escrito por el compositor, sino el que se hallaba en ése lugar desde antes) ahora con un marco de referencia , “4 minutos y 33 segundos” para oír a través del silencio el sonido que se encontraba de antemano en ésa sála , para encontrar la verdadera naturaleza del sonido en el presente.
Esta búsqueda de Cage no corresponde a un puro afan experimental, sino que hunde sus raices en tópicos fundamentales como el sentido y propósito de la música, su inmemorial sacralidad, sus alcances terapeúticos y espirituales, como el de serenar la mente para hacerla suceptible a las resonancias espirituales y a la comunicación con lo divino.
Luis Gondo entra al cuarto. No reconoce. Una intensa luz le molesta al abrir la puerta. Empieza a mover la manija del agua caliente, cree que una ducha será suficiente para calmar la ansiedad de pensarla, como si con el agua se fueran los recuerdos, como si corrieran a través del caño cada uno de los momentos que acechan su mente. Gondo se acerca a la regadera, observa el reflejo plateado y piensa en la condensación del instante, en si acaso el tiempo se puede detener en un reflejo; mira, intenta por un momento encontrar algo que ya no está ahí: Ella no habita más ese espacio, pero insiste en buscarla, encontrar su reflejo en el brillo opaco del óxido en las manijas. Decía que intenta buscarla.
Una mañana la encontró frente a la regadera. Pulía delicadamente el color plata de las llaves, los espacios que parecían no poder ser abarcados; Ella estaba ahí con una franela limpia y el líquido que la ayudaría a verse más hermosa en ese reflejo pequeño, diminuto. Ese instante se convirtió en absoluto al momento en que Luis Gondo contuvo la estampilla plateada en su memoria, reflejada, limpia, contenta en la más pura de las acciones.
El agua cae a chorros sobre la cabeza y moja cada partícula de su ropa. Luis ha olvidado desvestirse. Gondo observa las gotas multiplicándose; como su mente, recrea destellos de la vida que llevó. Cada átomo se multiplica en su cabeza, creando un transtorno (H2O+ H2O + H2O…) que ya parece inabarcable; espera limpiar la memoria como quien lava un espacio blanco, como el personal de intendencia que desmancha con cloro las marcas más sucias en un baño de estación de autobuses; sin embargo, se queda ahí, con un recuerdo oxidado en su memoria mojada.
y recontradicciones y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado y de los repropósitos y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables y del revés y del derecho y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje y treta terca en tetas y recomienzo erecto y reconcubitedio y reconcubicórneo sin remedio y tara vana en ansia de alta resonancia y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario y poro loco y parco espasmo enano y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos de tanto error errante y queja quena y desatino tísico y ufano urbano bípedo hidefalo escombro caminante por vicio y sino y tipo y líbido y oficio recansadísimo de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea y de la revirgísima inocencia y de los instintitos perversitos y de las ideítas reputitas y de las ideonas reputonas y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias desde qué mares padres y lunares mareas de resonancias huecas y madres playas cálidas de hastío de alas calmas sempiternísimamente archicansado en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio remeditativo o remetafísico y reartístico típico y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras simplemente cansado del cansancio del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio
A partir de una plática el día de ayer con el joven Dardón, he decidido postear esta mandala.
Pieza blanca. Un reflejo de luz que fragmenta tu pierna. Calles incompletas de la mente: extravío sensorial. Una luz en la calle se mueve, ágil suspiro lunar mientras caminamos estáticos, deteniendo el segundero en cada esquina: reconstruimos con pedazos el tiempo. Busco la ausencia en las noches en que armo mi camino con el rostro de la luna y tus esquinas inventadas. Creo invariablemente en el fragmento y fragmento esto: El detalle de la luz de tu pierna me persigue, en la mente pues al final siempre falta algo, un fragmento del espacio, el vacío.